Juan es un cliente satisfecho en materia de seguros. Empezó contratando el seguro de la casa con la Agencia de la compañía ni me acuerdo Peláez, luego contrató un seguro de vida para él y su mujer y más tarde, cuando la agencia en un alarde de originalidad pasó a ser la Correduría Peláez, contrató el seguro del coche.
Cuando tiene algún incidente, le atienden bien en la correduría, es un cliente de toda la vida, ahora también tiene un plan de pensiones, el seguro del chalet y cada vez que llama le hacen sentir que es un cliente importante. Es más, hay varios amigos y familiares que por su recomendación son también clientes de la correduría.
Juan, que ya se acerca a los cincuenta, no usa ya solo internet en el trabajo, sino que también en casa cada vez se entretiene más y un buen día ve una publicidad sobre un comparador de coches.
Lo cierto es que está contento con el que tiene y está de acuerdo con lo que paga, pero Oh! curiosidad, ese pecado que condenó a la humanidad a trabajar al querer saber Eva a que sabía la manzana.
Empieza a introducir sus datos, es fácil, rápido, ya está último click……..SORPRESA………delante suyo aparecen no uno, sino hasta tres precios mejores que el suyo y no por 10 o 20 €, es que se ahorra un 30%.
En ese momento, como a nuestros personajes bíblicos, le empieza a entrar un ardor en el estomago y un grito en el cerebro, COÑO, me están engañando.
Juan ya no se acuerda de las gestiones realizadas en los últimos quince años, aquel perito que se retrasaba, ese fontanero que no llegaba, ese recibo que le quería cobrar de más la compañía, lo único que ve, es el precio.
Realmente no sabe si el seguro es mejor o peor, él ya “cree” saber que todos son iguales, ni sabe si le atenderán bien o mal, no sabe ni le importa en este momento si la compañía está adherida a convenios o no, cubierta por el Consorcio o no, lo único que ve y de repente se ha convertido en esencial, es EL PRECIO.
¿Cuántos Juan hay en el mercado? Me temo que muchos. Pobres Peláez.




