Toda profesión tiene sus tecnicismos, una tan antigua como la nuestra no podía ser menos.
Esto pasa con todas las profesiones, médicos, abogados, arquitectos… pero debemos tener cuidado.
Un primer error muy extendido es presumir que nuestro cliente entiende lo que le decimos, que de verdad sabe de qué hablamos y cuál es el alcance del término.
Me recuerdo al principio de mi labor como corredor, indicando que entre otras garantías en la responsabilidad civil construcción, estaba la patronal, que era la más importante desde mi punto de vista.
La mayoría asentía con la cabeza y yo me quedaba tan ancho, hasta que descubrí que a la mayoría les da vergüenza reconocer que no sabía de lo que hablaba.
Otra expresión que usé mucho al principio, los daños patrimoniales puros. OLE, que chulo. Está claro ¿no?. Bueno…pues no.
Saber traducir nuestro lenguaje, que yo defiendo que hay que mantener, es esencial para convencer de verdad al cliente. Es lo que nos convierte en asesores frente a meros despachadores.
Cada día es más importante convencer, que el cliente sepa de verdad lo que compra, por qué a la vez, la cultura de la reclamación se extiende de forma más importante.
Dos son los problemas a los que nos enfrentamos;
Primero el tiempo; el cliente nos ofrece poco tiempo para explicarnos, por lo que debemos ir a lo esencial, conceptos claros, concisos y atreviéndonos a explicar bien las exclusiones y limitaciones.
Segundo, la poca colaboración del cliente. El seguro es un contrato, OJO, entre el cliente y la compañía, por tanto nuestro asesoramiento no le exime de la obligación de estudiar lo que contrata, para mal, esto se suele dar demasiado poco.




